Hace mucho escuché a uno de esos tipos fatigosos de Silicon Valley decir que la conveniencia dominaba el mundo. Y es verdad.
Todos esos ingenieros del comportamiento que tejen las telas adictivas que nos atrapan tratan de reducir al máximo nuestro esfuerzo y hacer lo más conveniente posible la basura inane que quieren vendernos.
Y el móvil, de entre todas las cosas, es lo que más representa dicha conveniencia. Por eso ha triunfado devorando al ordenador y a cualquier otro dispositivo, ya que está siempre conectado, siempre a mano, con una interfaz capaz de ser manejada incluso por un mono y todo a un toque de dedo: compras, desinformación, entretenimiento, neofeudalismo…
Ya no tienes que esperar a que el ordenador arranque y el módem conecte, ya no tienes que ir a un sitio concreto de la casa para descolgar, marcar y hablar con alguien. Ya no tienes que ir a la tienda a comprar, ni a un bar a conocer gente.
En esa dictadura de la conveniencia, la lectura y la escritura están más sometidas que nunca bajo su bota, porque son altamente inconvenientes. Ahí radica precisamente uno de sus valores, porque la pereza genera más inmovilismo y la falta de esfuerzo te vuelve más tonto y dependiente. O dicho de otro modo, Wall-E era un documental y cuanto más cedemos a la conveniencia más inútiles y maleables nos hacemos.
La lectura y la escritura, sin embargo, piden algo antes de dar, demandan un cierto esfuerzo que luego compensan entregando mucho más a cambio. Pero ese esfuerzo en tiempos de conveniencia empieza a resultar inaudito.
Personalmente, ya hablé hace unos seis años de que la inconveniencia es precisamente el camino, de «coger las escaleras» si quieres escribir bien, pero no solo para eso, sino para todo.
Mi opinión absolutamente personal y nada corroborada científicamente es que esa conveniencia ha devorado, sobre todo, a lectores más casuales, borrando quizá ese puñado de libros al año que leían. Al menos, así lo veo a mi alrededor, mientras que el sector más duro resiste todavía en esa encuesta informal, pues el hábito es poderoso y la lectura todavía más. Si esa fortaleza puso buenos cimientos en su día, perdura, aunque el rival es fuerte y no hay quien se libre de los arañazos.
En cuanto a la escritura, ha pasado algo curioso, que esta tediosa línea temporal tecnológica provocó lo inconcebible, que adelantara por la derecha haciendo que haya más escritores que lectores.
Y luego la IA, claro, participante hasta en concursos literarios y de la que no merece ni hablar.
Soy lo bastante viejo como para haber vivido ya varias supuestas «muertes del libro», así que no creo que esto acabe del todo con nosotros. Eso sí, no será por falta de intento, pues la lectura y la escritura siempre fueron inconvenientes en demasiados sentidos, de modo que no pocos enarbolan el soniquete de que humanidades y derivados no sirven de nada… porque va en contra de sus intereses, básicamente.
Al final, los que leemos y escribimos somos una aldea gala que no importa demasiado, malos consumidores excepto de libros, cuadernos y bolígrafos (y teclados, en mi caso), el puñado que leía en el patio del colegio y por las esquinas, el decimal extraño que no encaja del todo en las cuentas anuales.
Mejor.
Pero lo siento de veras por esos lectores más esporádicos a mi alrededor que me comentan que no abren un libro desde hace mucho, que todo se lo comió el móvil, la prisa y las obligaciones que, cuando dejan tiempo no dejan ganas. Todo se lo comió también esa fatigosa palabra llamada contenido.
Todo, menos a la aldea gala.