A menudo me han preguntado sobre las herramientas que utilizo para escribir y mi recomendación no ha cambiado, Scrivener sigue siendo la mejor, aunque hace ya mucho que no la utilizo. Personalmente, escribo casi siempre en Obsidian con un sistema muy particular de organización de archivos y escritos que se adapta a mi forma de trabajar, y esa es la clave. Porque los amateurs se obsesionan con las herramientas, pero los profesionales lo hacen con el proceso, dando igual si la escritura es en una servilleta o con el programa más especializado.
Los escritores tenemos en común la capacidad de procrastinar con cualquier cosa y una de nuestras favoritas son las herramientas perfectas y las situaciones adecuadas. Así que los profesionales se obsesionan con el proceso y hoy voy a hablar un poco del mío.
Lo primero a aceptar es que dicho proceso es caótico, desordenado, plagado de tachones en ese cuaderno tan bonito y hecho de mil piezas que no encajan en una historia que tendrás que domar, a ver si se parece a lo que querías transmitir.
Y también que a veces es gozoso y otras mascar arena.
Cada proceso también es diferente según el escritor, pero lo primero en mi experiencia consiste en vencer la inercia y empezar como sea, para tomar impulso y continuar por donde te quedaste. En mi caso, la mayoría de veces implica releer y retocar lo ya hecho, normalmente lo anterior a lo que quiero contar, para que sirva de calentamiento y rampa hacia el abismo de la hoja en blanco por el que continuará la historia. En otras ocasiones, tengo claro de antemano lo que quiero decit, pero no suele ser habitual por mi manía de tomarme la historia como una exploración en la que me quiero llevar tantas sorpresas como quien lee.
Esa manera de trabajar es peligrosa, porque escribir es tratar de salir de un laberinto y hacerlo así es no tener el hilo de Ariadna. Así que terminas muchas veces en callejones sin salida, que obligan a rehacer los pasos y deshacer el telar que has tejido hasta ese momento. Gajes del oficio.
Otra parte importante de mi proceso implica seguir adelante a pesar del editor interno que no se calla, el juez que sentencia cada paso y frase.
Dado que soy consciente de que mi proceso particular implica una enorme cantidad de reescritura (más de la habitual en la mayoría de escritores), me obligo a no escuchar como quien se tapa los oídos y me repito que lo importante es llegar como sea al punto final, pues después de tantos años sé que no estaré contento con el primer borrador, ni los diez siguientes, y eso también ha pasado en las mejores historias que he contado.
Luego, a la hora de la reescritura y el juicio, trato de guiarme por las sensaciones que me produce lo que estoy contando.
De nuevo, este es un asunto peligroso y complicado, al menos personalmente, porque hay escritores que alegan que, si el texto te aburre a ti, es todavía más probable que lo haga con quien lo lea. Sin embargo, hay un problema con ese criterio, porque la familiaridad que adquieres con dicho texto, a base de trabajarlo constantemente, hace que pierda el brillo de las primeras veces, de la novedad y la frescura. Así, como pasa con lo cotidiano, puede que te aburra un poco en general cuando le reescribes cien veces y no sepas distinguir si esa emoción, o falta de ella, se debe lo escrito en sí o al tiempo y las veces que le has dedicado.
El reto es que nunca podrás distinguir bien eso y tampoco puedes ponerte realmente en la piel de quien lo vaya a leer. Por eso he hablado en más de una ocasión de que los escritores somos malos jueces y a menudo gusta o se premia esa historia de la que tú ya estás más que harto, pero hemos de aceptar que escribir es un proceso incierto (y por tanto, incómodo) en todas sus fases. Al final, es un viaje en el que tienes que dar saltos al vacío para avanzar, consistentes en confiar que el camino escogido es el mejor para la historia, que el número de repasos ya es suficiente o que no se te ha quedado dentro nada importante.
Y a veces aciertas y otras muchas, no.
Ese es el trabajo que, como dijo alguien, consiste en ser el que más puede resistir en la incomodidad: la del silencio que requiere escribir, la soledad que exige y la de esas constantes decisiones inciertas, sin garantía de nada.