Dudas y musas

Dudas y musas

Hay una cuestión que muchos escritores comentan y a mí me despierta una mezcla de duda y cierta perplejidad, porque ya sé que cada experiencia escritora es personal, válida e intransferible, pero me resulta curiosa la enorme cantidad de artistas que hablan de dicha escritura (y del arte en general), como algo que no crean ellos, sino que transmiten o canalizan. Algo que está en «otro sitio», normalmente más elevado, signifique eso lo que signifique. De ahí la inspiración concedida por las musas o esos «escritores fantasma del cielo» de los que hablaba Robert Crumb.

Hace mucho, leí The war of art de Steven Pressfield y también hablaba de este concepto, comentando a su vez que aún invocaba a esas musas antes de una sesión de trabajo como los antiguos. De hecho, el último trozo del libro merodeaba por dichos conceptos difusos y astrales, de modo que sólo releía y recomendaba los dos primeros tercios de la obra, mientras que el final me parecía una manía personal de relleno.

Sin embargo, a lo largo del tiempo, me he ido encontrando una y otra vez con el mismo concepto por parte de multitud de escritores y artistas.

El año pasado, la escritora Elif Batuman publicaba en su Substack un texto titulado Contra la disciplina que ahondaba en esto, conectando con un tema del que suelo hablar como si me pagaran por ello, el de la rutina y la necesidad de ser diligente y diario en la tarea de la escritura. Batuman adopta una posición distinta, habla de la obra no como algo que estás creando o a lo que estás dando a luz y debes extraer o dar forma, sino más bien que esa obra es una entidad independiente con la que estás teniendo una conversación.

Como he comentado, esa cualidad externa y casi canalizadora de algo con una cierta naturaleza alienígena no es única de la escritura ya que, por ejemplo, el compositor Terry Riley dijo:

No quieres tener ya las posibilidades en ti, quieres invitarlas a que entren. Así que, como artista, debes crear una cultura que invite a venir a esas ideas.

Además de Crumb, otra dibujante como Linda Barry expresa algo parecido:

Algo le pasa a mi forma de pensar cuando empiezo a dibujar. Se convierte más en escuchar que en formular.

Cuando eres más joven y lees esas cosas, piensas que valiente idiotez, como lo pensaba yo con ese extraño descarrilamiento de la última parte del libro de Pressfield. Hoy no sé qué pensar, excepto que la experiencia de escritura es tan individual, que cada uno la vive de una manera y me parece bien. Eso no significa que me haya pasado al otro lado de la trinchera, pero debo reconocer que, cuando tantos artistas interpretan así su experiencia como una especie de mediums de «algo», hoy me paro un poco y pienso un um, acompañado de cierta curiosidad sobre cómo vivirán eso.

Las personas tendemos a extrapolar nuestra vivencia individual y convertirla en universal, pensando que todos son como nosotros y deben ver las cosas de identica manera. Es algo de lo que te curas con años y sentido de la curiosidad, porque al fin y al cabo, no hace tanto también me enteré de que algunas personas no tienen diálogo interior. Algo que me parecía (me sigue pareciendo, la verdad) tan imposible, que sin duda debe ser una especie de broma.

Yo tengo diálogo interno para regalar veinte veces, parte de él lo vuelco aquí desde hace más de 22 años como quien practica cada semana la antigua sangría con sanguijuelas. No obstante, mi propia experiencia y significado interno en cuanto a la escritura, lo que es o «de dónde viene» no ha cambiado en esencia. No me he ablandado tanto como para creer en musas más allá del recurso poético, pero ese ya es tema para otro miércoles.