Antes de nada, como llevo haciendo un tiempo, me tomaré un descanso en la web hasta el año que viene, excepto por la tradición de relato efímero que publico en Nochevieja y borro en Año Nuevo.
Quitando ese destello, ya nos veremos en 2026.
Dicho eso, este suele ser el momento que aprovecho para hacer balance del año escritor, que en este caso se parece bastante a los anteriores. He escrito cada mañana, he tenido la enorme fortuna de ganar algún certamen y quedar finalista en otros, he estado planeando y presentado algunos proyectos a ciertas cosas… Un año que podría calificar de «normal».
Y está bien, porque no pasa nada por ser normal. Por ser uno más de los miles y miles de autores que escriben a la sombra sin otro motivo que querer hacerlo.
Sin embargo, muchas veces nos sentimos los raros porque siempre estamos escuchando las historias de los que destacan. Al fin y al cabo, es lo que todo el mundo quiere oír, pero eso produce un efecto curioso: altera nuestra percepción de normalidad. Porque entre tanta historia por minuto (que hoy es lo más importante y mañana será nada), parece que todo el mundo está siendo publicado, premiado o vendido, menos nosotros.
Así, en ese mundo falso al revés que nos cuentan los píxeles de las pantallas, los muy pocos que logran esa clase de cosas parecen los normales y nosotros el raro que se queda atrás, escribiendo en la intimidad y recibiendo noes si se le ocurre dejar su sitio a la sombra durante un instante.
Ese sesgo de disponibilidad puede ser bastante nocivo, porque hay un mensaje entre las líneas de que, si no somos como todos esos de los que no dejamos de oír, algo «malo» pasa con nosotros y nuestra carrera tiene como destino el fracaso. Pero no es verdad. Somos la experiencia normal de escritor y la enorme, enorme mayoría, no seremos Reverte, Juan Del Val o todos esos que tienen un libro porque primero tenían seguidores.
Me parece bien.
Este también ha sido el año en el que he consolidado mi marcha de redes sociales y hace tiempo leí una entrevista a Eduardo Noriega en la que hablaba de esto. El actor comentaba que no le gustaban nada pero, si no estás en ellas, eres invisible. Y que también pasa con las oportunidades, porque te enteras de menos y estableces menos relaciones, ya que te marchas de una fiesta en la que los demás permanecen por mierda que sea, por el FOMO tan de moda, por aferrarse a los restos del naufragio, por miedo o cualquier otro motivo.
Noriega tiene razón para alguien en su posición. Por mucho que no le gusten, el precio a pagar por irse puede ser demasiado alto para él, porque la amnesia actual en cerebros de atención arrasada es demasiado grande y, si te caes del tren un instante, te olvidan al siguiente.
Sin embargo, también es cierto que es agotador seguir en ese tren cada vez más en llamas, que corre hacia ninguna parte y sólo sirve de propaganda para las peores personas con las peores ideologías, así que por mí bien. Mi normalidad hace que me pueda permitir ser más libre que Noriega y, a cambio, este año he recuperado una enorme cantidad de tiempo y tranquilidad.
De verdad, no pasa nada por ser normal. No estamos solos aunque lo parezca y, en realidad, ocurre lo contrario, nos acompañamos todos escribiendo en nuestro rincón, somos legión silenciosa y está bien, porque el silencio es imprescindible para escribir.
Nos vemos en 2026 (y fugazmente en Nochevieja).