Aparentemente, desde el principio siempre fui bueno en una cosa, que el temible bloqueo creativo no me detuviera a la hora de seguir juntando palabras. Es algo inevitable en toda escritura y escritor, que avanzas por el camino de tu historia y, tarde o temprano te encuentras con la piedra que no te deja pasar.
En mi caso, nunca entendí la escritura como algo lineal, un ABC de etapas que escribir en orden siguiendo una fórmula, de modo que, cuando me encontraba un obstáculo, simplemente seguía por otro lado. Al parecer, esto tiene un nombre: «Tomar prestado del futuro», que no es más que escribir otra parte de la historia.
Eso no está exento de riesgo, porque los préstamos se pagan y el precio es la coherencia, la unión que tendrás que realizar luego de esas piezas no consecutivas. Sin duda, eso se hace más difícil a la hora de escribir esas conexiones que cuando sigues el camino recto. Y sobre todo, ocurre algo muy típico del futuro, que casi nunca es lo que esperabas.
Así, cuando tomas prestado, surgen otras ideas y acontecimientos no planeados (una de las mejores cosas que le pueden ocurrir a un escritor, la verdad) y luego, como una paradoja temporal inversa, el futuro altera el pasado y, a veces, cuesta que ambos encajen, finalmente no parecen hacerlo y quizá debas cambiar más de lo que creías, o estar muy atento a posibles inconsistencias.
Todas las historias de viajes en el tiempo advierten de que no toques nada. Por eso, cuando ese futuro no está claro o bien no quieres crear ningún efecto mariposa, también puedes sortear la piedra en el camino escribiendo sobre lo que no tendrá una consecuencia fundamental para la historia, pero es necesario para ella.
Lo más inofensivo son las descripciones.
De lugares, personajes, hechos que no son clave, pero tienes claro que han de ocurrir (cuidado aquí si eres de los que tiene miedo a cambiar ese pasado, porque jugamos en la frontera). Una historia necesita su ambientación y riqueza, de modo que, si por lo que sea no puedes o sabes por dónde seguir en cuanto a lo principal, siempre está la opción de centrarte en los detalles.
La clave de por qué esto sirve contra el bloqueo es que unas ideas dan lugar a otras. Por eso es posible que en ese futuro que escribes encuentres la clave para mover la piedra en el camino, o que algún matiz de las descripciones haga saltar la chispa que esperabas.
Muchas veces no será así, pero no pasa nada, porque habrás avanzado al menos y te habrás alejado de ese bloqueo, lo que permite el tiempo y espacio necesarios para superarlo por fin, ya que los cabezazos constantes contra la pared no suelen ser la mejor manera de atravesarla.
Otra opción es, simplemente, dejarlo y ponerte con otra cosa, cuanto más rutinaria y absurda, como fregar los platos o trabajar, mejor. Que las soluciones nos vengan muchas veces en la ducha tiene su explicación científica al parecer, pero esta no importa, importa quitar la piedra del camino.
Otro recurso que suelo emplear, especialmente cuando he tocado demasiado el futuro o me quedan pocos detalles que describir o desarrollar es, simplemente, reescribir otra vez lo anterior.
Personalmente, necesito una enorme cantidad de reescritura para que lo que cuento se entienda o se parezca un poco a la ilusión inicial en mi cabeza, de modo que nunca me sobran pasadas. La cuestión es volver a aprovechar que unas ideas surgen de otras y que puede que, siguiendo con la manía de manipular el tiempo, en ese pasado que vuelves a retocar se esconda la clave que no habías visto o surja otra nueva que te permita superar el bloqueo que viene más adelante, cambiando ese detalle más atrás.
Al fin y al cabo, jugamos con algo de ventaja, porque revivimos y reescribimos sabiendo lo que va a pasar y dónde está el problema.