Creo que no pocos escritores se verán reflejados en estas frases del autor David Foster Wallace:
Lo del perfeccionismo es muy peligroso, porque, claro, si tu fidelidad al perfeccionismo es demasiado alta, nunca haces nada. Hacer algo implica sacrificar lo hermoso y perfecto que es en tu cabeza por lo que realmente es. Y hubo un par de años en los que realmente luché contra eso.
Hace un par de años también, hablaba de que el perfeccionismo es una cuerda floja que caminar con cuidado. Por un lado, la realidad es que si no tienes una fijación por comunicar lo que escribes de la mejor manera que puedas (lo que implica una insana cantidad de obsesión y una tendencia perfeccionista), no conseguirás sacar el oro de entre el barro, lo que requiere enormes cantidades de reescritura y tiempo.
Pero ese perfeccionismo nos puede colocar muy fácilmente en el peor de los infiernos para un escritor (para una persona en general): el de lo inacabado.
El de mil cosas empezadas, pero ninguna terminada, mil cuentos en la cabeza y ninguno en el papel.
Pero a la vez, nunca estaremos satisfechos de cómo hemos escrito algo. Eso es frustrante y, al mismo tiempo, lo que debe ser, no hay alternativa si has decidido seguir este camino.
Un buen escritor convive necesariamente con esa incomodidad que nunca se irá y, no hacerlo o no sentir esa desazón, es mala señal, la de estar viviendo con una venda en los ojos que te susurra que eres el mejor y todo te sale bien a la primera (spoiler: No).
Por eso la cuerda floja, ser capaces de escribir y avanzar en presencia de la incomodidad, que hace que eso en lo que trabajas nunca vaya a ser perfecto, pero sí algo mucho mejor: terminado.
Si caemos en la trampa del perfeccionismo, si no somos capaces de usarlo como herramienta o convivir con él sin que nos consuma, el premio será la peor de las sensaciones, el arrepentimiento. Porque pasan los días, que enseguida se convierten en meses y estos en años, y la única escritura que tendremos será esa idea en la cabeza y un puñado de papeles en los que nunca pone «FIN».
Como ocurre con el síndrome del impostor, hemos de frecuentar amistades peligrosas si queremos escribir bien. Por culpa de ellas saldremos heridos a veces y es inevitable, la naturaleza del escorpión y esas cosas. La clave es que no nos destruyan o se apoderen tanto de nosotros, que el día en que por fin lo entendamos, no sea demasiado tarde y todavía podamos terminar la historia.