Los raíles del sueño

Los raíles del sueño

A veces me han preguntado si yo siempre quise ser escritor, si esa es mi pasión o propósito en la vida. La respuesta supongo que no siempre ha sido la misma. Si me lo preguntas hace tiempo, cuando pensaba que también tenía todo el del mundo, probablemente habría respondido que sí, o al menos quizá, porque los escritores somos malos traficantes y no solo leemos y escribimos historias, sino que tendemos a creérnoslas, a consumir aquello que vendemos. Lo cual no está mal, supongo, significa que la historia ha hecho lo que debía, producir suficiente emoción como para quedarse. Lo que pasa es que algunas historias tienen doble filo y la del propósito vital, la llamada interior o como quieras denominarlo, es una de ellas.

Si esa noción de «escribir es lo que he venido a hacer en la vida» te sirve para perseverar en un mar con el viento siempre en contra, adelante. Si eres uno de esos pocos a los que a lo mejor les sirve como brújula e identidad, adelante. Si eres de los que lo dice porque cada día ve cómo se cumple esa realidad romántica, adelante.

Pero la mayoría no somos tan especiales como para protagonizar historias de elegidos, llamadas o destinos manifiestos. Y está bien, al fin y al cabo, resultan ya demasiado tópicas, un tropo manoseado eso de leer una entrevista y encontrarte con el autor que repite lo de que yo escribo desde que me recuerdo y nunca deseé otra cosa.

Esas historias también pueden hacernos cargar con una enorme frustración, porque la vida no entiende de leyendas y pocas veces se parece a los cuentos de comerás perdices porque hiciste lo correcto o perseguiste sueños, como si estos no fueran mentirosos profesionales que actúan con nocturnidad. La mayoría no seremos lo que imaginábamos y, como escritores, es doblemente frustrante que nuestras historias, especialmente las que nos contamos sobre nosotros mismos, no estén a la altura de lo esperado, de lo que veíamos en el cielo cuando nos repetíamos los cuentos de la lechera.

Pero además del filo de la frustración está el de la limitación. Ser una sola cosa, por buena que sea, me parece demasiado poco, y ceñirnos a una sola identidad me parece algo cerrado y, de hecho, si nos aferramos demasiado a ese supuesto propósito o llamada, nos vamos a pasar la vida esperando y esa es no es manera.

Esa vida tampoco se comporta como en las historias de baratillo, donde todo lo que hacemos y nos ocurre tiene un sentido que, de alguna manera (que muchas veces somos incapaces de reconocer) nos lleva donde debemos aunque no lo parezca, a ese plan trascendente y ese sueño de escritura. Puede ser así para esos pocos de hace unos cuantos párrafos, pero no para la mayoría. Para esa, la vida está llena de aleatoriedad, salpicada de momentos repentinos (de crisis y oportunidades), en un sendero no lineal sin una olla llena de oro al final del arcoíris.

Y mejor, porque qué aburrimiento una vida sobre raíles que ya nos han escrito, por mucho que termine en lo que siempre soñamos. Las fantasías, cuando las realizamos, no suelen brillar como en la imaginación y, de hecho, la vida suele jugar con bastante ironía cuando hace realidad los deseos.

No aferrarnos a ninguna historia, ni siquiera la mejor que podemos pensar, hace que estemos abiertos a muchas más, a que todo sea más completo, más lleno de matices, de hechos, de aprendizajes, de picos, valles y carreteras secundarias en la espesura porque por fin nos bajamos de un tren en el que nos empeñamos demasiado. Cosas que, de hecho, nos harán escribir bien.

Eso, y que esta noción e imagen de escritor es muy limitada además de tópica.

Empiezas desde pequeño, desafías las convenciones, escribir es lo que siempre quisiste, lo que realmente eras, así que sigues el sueño a pesar de todo y de todos y, cuando los dientes de lo cotidiano están a punto de cerrarse sobre ti, viene ese momento de triunfo definitivo, porque tú nunca renunciaste al sueño, especialmente, cuanto más te lo exigió la vida. Todo era una prueba y, con suficiente fe, el salto al abismo terminó en aprender a volar en el último instante, cuando parecía que te ibas a estrellar. Como si todos los que no consiguen alzar el vuelo no se hubieran esforzado o creído suficiente.

La enorme cantidad de escritores que cuentan esa historia fatigosa y aburrida sobre sí mismos es legión y se le ven las costuras en cuanto te acercas un poco a mirarla bien. Pero, sobre todo, un buen escritor no sigue la historia de siempre, ni en lo que crea sobre las páginas ni en lo que es fuera de ellas.

En general, la vida es mucho más prosaica y nosotros no somos Dos Passos, con más aventuras y viajes que Tintín antes de cumplir treinta. Confundir eso con la realidad habitual del escritor es asfaltarse el camino a la decepción.

No pasa nada si no encajamos en ese molde sobado y no nos parecemos a lo que se supone que debemos ser. No pasa nada si empezamos tarde, si no leímos a este o aquel, si nuestro camino nunca fue recto hacia un destino manifiesto. No pasa nada si somos personas normales que escriben en los huecos que deja lo cotidiano o si no nos parecemos en nada a esos bohemios hambrientos de Montparnasse hace un siglo, escribiendo su obra maestra a dos mesas de Picasso, entre humo, madera y absenta.

Es importante escribir buenas historias, pero cuidado con creérselas.